Miguel Ríos da la nota

Lo malo que tiene esto de saber leer (y escribir) es que uno no pierde sus aficiones ni en verano. Y este verano disfrutaba yo del clima y la gastronomía gallega cuando tropecé con un artículo que me llamó mucho la atención y que ahora sirve para explicar muchas cosas, tal como se han presentado los acontecimientos. La siguiente historia tal vez nos sirva para comprender mejor el artículo que ayer Miguel Ríos publicó en el diario El País en el que hace una llamada a la huelga general del colectivo musical.
Señor Ríos, el derecho a la huelga de los trabajadores está reconocido en la Constitución Española como derecho fundamental, para la defensa de sus intereses y sin perjuicio de las medidas que legalmente se imponen para asegurar el mantenimiento de los servicios esenciales de la comunidad. (art. 28 de la CE).
Y repito, por si no ha quedado claro, de los trabajadores.

Os pongo en antecedentes: Jaime Veiga (en la foto con jersey blanco y manos en los bolsillos) es un empresario de 42 años nacido en Lampazas (una aldea de 12 habitantes en la localidad lucense de Samos) y es uno de los reyes de la noche barcelonesa, dueño de doce discotecas y un pub en la Ciudad Condal. Él se encarga de pagar las fiestas que en su localidad natal se celebran en honor a Santa Bárbara. «Todo empezó porque mi madre me dijo que era una pena que se hubiesen perdido las fiestas de Lampazas. Así que decidí organizarlas yo. Y el primer año traje al artista que más le gusta a ella, que es Manolo Escobar. Se juntaron 5.000 personas, y, dado el éxito, decidimos repetir».
El pasado día 8 de agosto de 2004 estaba previsto que sonase Santa Lucía en Lampazas, pero llovió en las horas previas al concierto de Miguel Ríos, estrella de la última jornada festiva. No se pudo montar el equipo de sonido en el gran escenario reservado para el granadino. Entonces la organización, con Veiga a la cabeza, ofreció como alternativa que el artista actuase en el camión de una orquesta que lo iba a preceder. Lejos quedaban ya los tiempos de El blues del autobús; «Miguel nunca ha tocado en un camión», aseguró su representante.
Sobre las diez de la noche, Miguel Ríos llegó a Lampazas desde su hotel. Quería hacerse una idea de la situación. Negoció con Jaime Veiga si actuaba o no y all final, decidió no actuar porque las condiciones meteorológicas no eran las más adecuadas. Tampoco los ánimos de los vecinos eran los mejores (ya que no llovía) y lo abuchearon, le llamaron pesetero e incluso intentaron bloquear la salida de su vehículo. Veiga decidió demandar a Ríos por incumplimiento de contrato.
El empresario afincado en Barcelona estaba decepcionado por el desplante que Miguel Ríos hizo a sus vecinos al poner mil y una excusas para no tocar después de haber cobrado. «La representante de Miguel Ríos es su sobrina», puntualizó Veiga «por eso, le pagamos a ella, a las tres de la tarde. Al cabo de poco tiempo, la escucho decir: 'Ya tengo el dinero, esto es un puto pueblo'» confiesa el empresario lucense. Y sigue «Entonces empezaron a poner excusas. que si iba a llover -cosa que al final no ocurrió-, no acabaron de descargar los camiones, y decían también que el escenario no servía, que la lluvia ponía en peligro el equipo y eso es mentira porque hablé con la empresa a la que se lo alquilé y me dijeron que había actuado en esos escenarios unas cinco veces. Nunca antes nos había pasado tal cosa, y eso que han venido artistas de la misma talla o superior de Miguel Ríos. Pero ya decía la gente el domingo que aquí murió el rockero y nació el pesetero».
Lo más curioso es que el cantante había pedido en el contrato que se le pagará el noventa por cien del dinero que le correspondía en efectivo y por adelantado. «Nunca antes había pagado una actuación por adelantado. Confié en su palabra y no la cumplió, ahora que se atenga a las consecuencias».

Curiosidades:
En julio de 2004, un mes antes del incidente, Miguel Ríos publicó '60 MP3' coincidiendo con su 60 cumpleaños, irónico ¿verdad?.
Lúa Ríos, cantante e hija, estudió en el exclusivo Berkley College of Music de Boston. Proletarios del mundo, uníos...
El 29 de marzo, publica en el diario El País un 'artículo' de opinión titulado: A favor de la huelga general de la música en el que propone lo siguiente:
«La ministra de Cultura elaboró el borrador de un plan del Gobierno contra la piratería en diciembre de 2004. El plan contemplaba la colaboración de hasta 11 ministerios, nada menos. Yo me pronuncio por ayudar a la señora ministra con una huelga general de silencio que paralice a los trabajadores de la música y su industria, hasta convencerla de que en estos putos tiempos, el único ministerio imprescindible en la lucha por nuestros derechos es el del Interior».

Como indica Ignacio Escolar:
«Se compran menos discos, pero se multiplica la venta de canciones por Internet y la de DVDs musicales. Y jamás en la historia se ha consumido tanta música en directo. Según datos de la Sociedad General de Autores y Editores, los ingresos por conciertos prácticamente se han duplicado en los últimos cinco años. De hecho, esta entidad de gestión de derechos de autor ingresó en 2004 un 11,9% más que el ejercicio anterior: 300 millones de euros, el record histórico. La música está muy lejos de morir y nunca antes una crisis había sido tan rentable. La industria musical está muy viva, pero la fonográfica parece condenada a la extinción. Es inevitable que, en pocos años, el CD se convierta en un producto minoritario, como hoy es el vinilo, y las canciones lleguen directamente desde Internet. Es más barato y cómodo para todos. Esa reconversión, de la cual la piratería es más consecuencia que causa, generará que muchos trabajadores pierdan su empleo».

Incluso José Cervera se hace eco del tema:
«Ausentes de sus reivindicaciones están sus patronos, la industria fonográfica y los intermediarios de derechos de autor, por inferencia inocentes damnificados, como el propio Miguel Ríos, del ataque de una sociedad que viola la ley tolerando y usando el 'top manta' sin bastante respuesta policial. No se le ocurre al rockero que la falta de alternativas ofrecidas por su industria y el empecinamiento en la vía judicial como única respuesta puedan tener algo que ver con el problema. Ni que pedir más policía no sólo vaya contra la tradición del Rock & Roll, sino que pueda tener consecuencias sociales indeseables».

Documentación: La Voz de Galicia, El País, Escolar.net y Retiario.

A favor de la huelga general de la música

Por Miguel Ríos
El País
29/03/05

Hace unos meses, las televisiones del país echaban fuego con la huelga de astilleros. El humo de las teas de neumático se confundía con el del pitillo de después de comer, y el café me sabía a inquietud.

Mientras los trabajadores descuajeringaban un puente, pensaba: lo encabronado que tiene que estar un tipo y el miedo que le tiene que dar un futuro en paro para defender sus derechos de forma tan extrema. Sentí simpatía por su causa.

Después de meses de negociación, al final de la algarada, casi vencieron, o por lo menos se clarificó el panorama. Casi siempre he estado a favor de las huelgas de los trabajadores, aunque me causen inconvenientes. Porque, ¿qué se puede hacer cuando no se encuentra otra salida?

Pero, ¿qué pasa con los músicos, y con los trabajadores de la industria de la música, que ven cómo se destruyen por miles sus puestos de trabajo, sin dar una respuesta contundente? Los músicos, ya se sabe, no tenemos la habilidad, ni la fuerza, para desmontar un puente y usarlo como barricada reivindicativa. Tenemos una escasa cultura sindical y asociativa y, además, somos algo nómadas y muy individualistas. Pero si quisiéramos montar un gran estruendo, meter ruido, tendríamos en nuestras manos el escandaloso sonido del silencio.

Un hosco silencio que deberá ser rellenado de palabras que expliquen por qué se ha llegado al extremo en que los trabajadores de la música, y las compañías de discos, se declaren en huelga general y prohíban la difusión pública de su música.

Desde mi punto de vista, el deterioro de la situación es tan alarmante, y las expectativas tan sombrías, que creo que se dan las condiciones objetivas para convocar el acto extremo de una huelga, que debería estar respaldada por todos los actores de este musi-drama.

Porque las compañías discográficas, grandes o pequeñas, las editoriales, las tiendas de discos que aún sobreviven, las fábricas, los distribuidores, los productores, los estudios de grabación, los luthiers, las empresas de servicios, las tiendas de instrumentos de música, los conservatorios, academias y escuelas de música, los representantes artísticos, los compositores y letristas, los artistas consagrados o por consagrar, y todos los músicos sin excepción, estamos contra las cuerdas.

Miles de personas abocadas al paro, ya galopante, ven cómo su futuro se tambalea, no por una crisis económica general que haga que el personal se gaste los euros en artículos de primera necesidad, dando la espalda a lo más superfluo y espiritual, sino porque de una forma absolutamente impune y, sin nocturnidad, pero con alevosía, se nos está robando. La Real Academia Española, en su diccionario dice que piratería es el "robo o destrucción de los bienes de alguien".

Toda huelga tiene su destinatario. Ésta que yo propongo tiene dos: el Gobierno y la sociedad. Va contra el Gobierno porque, a casi un año de su toma de posesión, y pese a sus buenas intenciones, no ha enmendado la errática política de sus predecesores en la erradicación de la piratería callejera, verdadera plaga que asola a un colectivo que ve cómo su trabajo se roba y malbarata, ante la pasividad de una Administración que no dudaría en reprimir, como debe ser, cualquier otro tipo de delito.

Esta situación de indefensión, que no tiene parangón en los países de nuestro entorno, el ver nuestro trabajo tirado por los suelos y la impunidad con que las mafias, y los consumidores, operan desde hace unos años, sería suficiente para la convocatoria de huelga del sector. Hago hincapié en el combate contra la venta ilegal callejera, como el principal motivo de la protesta, porque sólo está en las manos del Gobierno erradicarla, y es su obligación.

Los músicos sabemos que el CD, el soporte sobre el que comercializamos nuestro trabajo, tiene los días contados, pero en este país esto no es una metáfora. Porque mientras en los países de nuestro entorno las mantas no existen, aquí, la compra masiva e ilegal de discos supone la imposibilidad de hacer el camino al nuevo sistema de una forma razonable y justa.

Nuestra profesión, tradicionalmente, ha soportado otros cambios del formato con el que nos comunicamos con nuestros seguidores, y con el que los artistas nos ganamos la vida: la venta de partituras dejó de ser nuestra fuente de ingresos cuando aparecieron los discos de pizarra, después llegó el vinilo y convivió un tiempo con la tecnología digital.

La posibilidad de clonar nuestro esfuerzo en "copias privadas" nunca me pareció mal. Que alguien se copie mis discos y los regale a quien quiera me halaga. Ahora, que las copias sean "públicas", se pague por ellas, y, además, sirva como argumento el bajo precio del producto robado, para afear nuestras protestas llamándonos peseteros, me parece perverso. Y ahí entra la sociedad.

Porque no sé si la gente, el público, el respetable, sabe que en mi profesión somos muy pocos los que estamos en disposición de aguantar el flagelo de su insolidaridad. Sólo un puñado de artistas, de la extensa nómina de los creadores hemos logrado sobrevivir gracias al favor del público, nuestros mecenas, y a que la piratería es algo relativamente reciente.

Pero detrás de nosotros hay una multitud de hombres y mujeres que difícilmente llegan a fin de mes. Y detrás de ellos hay familias, estudios, ilusiones y proyectos de vida que se verán definitivamente cancelados, porque esta sociedad les da la espalda comprando el producto del saqueo, con las más peregrinas justificaciones morales para amparar su complicidad en la catástrofe.

La peña esgrime razones bastardas e hipócritas para justificar su complicidad con los cacos: que si el precio de los discos legales es caro, que si los manteros son pobres emigrantes, que si las mantas ayudan a la difusión de la música, que si los artistas somos unos niños ricos que no hacemos más que quejarnos... Argumentos fácilmente desmontables si la sociedad en que vivimos no fuera hija directa de la picaresca y el consumo irracional.

El precio de los discos es el que es porque: paga impuestos, paga las costosísimas campañas promocionales que los medios de comunicación cobran para su difusión, y de él viven una larga lista de personas a las que antes me refería, y, además, un 16% de IVA como un artículo de lujo.

Si comparamos los precios de infinidad de productos básicos, o superfluos, con el de los discos en los últimos años -sobre todo desde el subidón del euro-, nos damos cuenta de que el disco, en su variedad de precios, resiste la comparación.

Sabemos que los manteros son pobres inmigrantes semiesclavos en manos de las mafias más siniestras y lo lamentamos. Y que si están en las aceras es porque a los gobiernos les ha interesado más una delincuencia de baja intensidad permitida por la sociedad que unos miles de tipos desesperados dando palos por las esquinas a pobres ciudadanos indefensos.

Pero si la sociedad está realmente tan preocupada con la precaria situación de los manteros, por qué no le pide al Gobierno que los legalice y les dé un trabajo digno, como sin lugar a dudas se merecen.

El top manta no sólo no ayuda a la difusión de la música, sino que se la está cargando. El acceso casi ilimitado a la oferta musical la convierte en un objeto de usar y tirar.

En este país la música está tirada por los suelos, y tampoco es una metáfora. Ahí empieza una extensa cadena de damnificados que tiene como último eslabón a los jóvenes creadores, silenciados por la falta de inversión de las discográficas, grandes o pequeñas, que suelen apostar sus pírricos euros por nuevos artistas que parezcan clones de los artistas, y los estilos, del último éxito que está en las mantas. Totalmente desorientados, todo se para...

España tiene el bochornoso honor de estar entre los 10 países más piratas de la Tierra. Nuestros compañeros de viaje están muy lejos de Europa, de sus valores y de su renta per cápita. Esto debería alarmar a un Gobierno y a una sociedad que acaba de votar en referendo la defensa de esos valores.

La ministra de Cultura elaboró el borrador de un plan del Gobierno contra la piratería en diciembre de 2004. El plan contemplaba la colaboración de hasta 11 ministerios, nada menos.

Yo me pronuncio por ayudar a la señora ministra con una huelga general de silencio que paralice a los trabajadores de la música y su industria, hasta convencerla de que en estos putos tiempos, el único ministerio imprescindible en la lucha por nuestros derechos es el del Interior. Por simple dignidad, paremos de tocar.

En Voz Alta | Veo leo | 30/03/05 | Tu Voz (3)
Tu Voz

Es curiosa la anécdota que cuentas, pero estoy de acuerdo en que hay que erradicar el top manta, tanto de copias de cds o dvds como de ropa de imitación o cualquier otro artículo ilegal. E intentar no meter en el mismo saco a Internet, claro.

Voz de: Jam un 31/03/05

Yo también estoy a favor de que se erradique el top manta y las mafias que trafican con gente y la prostitución...
Pero el problema de fondo en todo esto, creo que está en que tú o yo cobramos por nuestro trabajo una sola vez. No nos pagan por algo que hicimos hace diez años. Los músicos firman contratos con las discográficas para lanzar dos, tres o cinco discos y cobran por ello. Pero quieren seguir cobrando años después, sin haber hecho nada más. Si quieren que les paguen por ello, que den conciertos. No pueden pretender vivir de las rentas y además demonizar a gente que no dispone de 20€ para comprar un disco de once canciones que dura 40 minutos.

Voz de: En Voz Alta un 31/03/05

Eso sin hablar de la calidad de la música... Estoy de acuerdo contigo.
Por cierto, ¿cómo te las apañas para que te funcione la web si ni siquiera funciona bitacoras.com? Mi web lleva toda la tarde 'out'. ;-)

Voz de: Jam un 31/03/05
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