¿Qué quieres ser de mayor?
Siempre se nos hace esa pregunta cuando somos niños pero lo importante es saber responderla siendo adultos.
No querría acabar aparcado en un cementerio de automóviles, con la única compañía de la planta del recibidor, un pañal y pidiendo caramelos a las personas que pasan a mi lado.
Mi cerebro es incapaz de asumirlo, todos vamos a morir eso está claro pero sólo pido tener una vida digna, hasta el final.
Por favor, cuidad de vuestros padres. Vosotros seréis padres algún día y no hay nada más gratificante que la visita de un hijo o un familiar querido.
Conseguir arrancar una sonrisa en medio de la enfermedad, de las plantas que hablan, las vecinas que nos tratan como si hubiésemos compartido pupitre en la escuela; conseguirlo en medio de ninguna parte, en un agujero inmenso en la memoria, es poco menos que ganar un Nobel.
No hay nada más enternecedor que ver a un hijo cantarle canciones a su madre enferma para que ella consiga recordar, para que su cerebro se active y se transporte en un segundo muy lejos de allí. Sin sillas de ruedas ni sondas, sin calmantes, rehabilitación o vendas frías.
No quiero escuchar que la próxima vez que la muerte pase a su lado alguien desee coger su mano y perderse para siempre en medio de la nada.
Y no lo pido para mi, lo que deseo es comerme un helado con M. de nuevo el próximo verano.